Según los datos presentes en Physical Activity and Exercise Recommendations for Stroke Survivors (American Heart Association/American Stroke Association) de 2014, cada 40 segundos una persona sufre un ictus, y cerca del 25% de éstos es un ictus recurrente, es decir, que no es el primero que sufre dicha persona*. Además sugieren que para el año 2030 incrementarán los casos un 25% con respecto al 2010. Se dice pronto, pero hablaríamos de 11 millones de personas. Este crecimiento de la prevalencia se asocia a un envejecimiento de la población, así como el incremento de la presencia de factores de riesgo cardiovascular en la población, incluyendo diabetes mellitus, obesidad y sedentarismo o inactividad física.
*Datos referidos exclusivamente a Estados Unidos
«Se estima que en el año 2030 incrementarán los casos de personas que sufren un ictus un 25%, con respecto del 2010 […] como consecuencia del incremento de factores de riesgo, entre otros, el sedentarismo o la inactividad física«
Por lo que estamos viendo hasta aquí, el sedentarismo es un factor de riesgo cardiovascular, por tanto, también de sufrir un ictus. Pero esta «peligrosa» relación ictus/sedentarismo se ve agravada tras haber sufrido un ictus. El motivo no es otro que los accidentes cerebro-vasculares son una de las causas principales de discapacidad, lo que lleva a un descenso de la actividad física del afectado.

Llegados a este punto, es importante diferenciar, tal y como hacen en el estudio mencionado, entre actividad física y ejercicio físico. La Actividad Física sería «cualquier movimiento producido por la musculatura esquelética que resultase en un gasto energético»; mientras que el Ejercicio Físico sería «un subconjunto de actividad física que está planificada, estructurada y repetida; y que tiene un objetivo intermedio o final de mejora o mantenimiento del estado de forma». Es decir, pasear al perro sería realizar actividad física. El ejercicio físico es algo más complejo.
«El ejercicio físico no es lo mismo que la actividad física, ya que el ejercicio físico está planificado, estructurado y repetido; con objetivos de mantenimiento o mejora del estado de forma«
En este sentido, los autores sugieren que existe una fuerte evidencia de que el ejercicio físico tras un ictus puede mejorar el estado de forma cardiovascular, la capacidad de andar y la fuerza muscular del tren superior. Aunque por otro lado, hay menos evidencia de mejoras en la fuerza muscular del tren inferior y en el riesgo de caídas. Pero aún hay más, en 2014 (año de publicación de este posicionamiento oficial de la AHA/ASA) empezaron a aparecer investigaciones que sugerían que tras un ictus, el ejercicio físico podría mejorar síntomas depresivos, algunos aspectos de las funciones ejecutivas y la memoria, la calidad de vida relacionada con la salud, y la fatiga. Es decir, que los beneficios del ejercicio físico podrían incluso abarcar mejoras relacionadas con lo cognitivo, social y emocional.



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Pero, ¿realmente se puede realizar ejercicio físico tras un ictus? SI, al menos más de lo que normalmente creemos. Las secuelas más frecuentes tras un ictus son la hemiparesis, espasticidad, disfunción cognitiva y afasias. Y la recuperación total se consigue en número pequeñísimo de personas. Este descenso en las capacidades hace que una de las mayores consecuencias sea un estilo de vida sedentario crónico. Si volvemos al inicio de esta publicación, decíamos que existe una relación inversa entre la realización de ejercicio físico y el riesgo a sufrir alguna patología cardiovascular (que incrementan el riesgo de sufrir un ictus), lo que nos está metiendo en un círculo vicioso. Muy bien, pero ¿y qué ocurre cuando nos introducimos en esta espiral tan peligrosa?
El circulo vicioso que forman el sedentarismo, el riesgo cardiovascular y el ictus podría traer otras complicaciones secundarias, como por ejemplo, el riesgo de sufrir un ictus de nuevo.
Pues este descenso en la actividad física podría traer como consecuencia una estado de forma cardiorespiratorio muy reducido, un incremento de la fatiga, atrofia/debilidad muscular, osteoporosis, desajustes en la circulación vascular en las extremidades inferiores. Y como consecuencias derivadas de las anteriores, una disminución de la autoeficacia, mayor dependencia de otros para las actividades de la vida diaria y una capacidad reducida para las interacciones sociales (con el impacto psicológico negativo que ello conlleva).
Entonces ¿qué debo hacer? Lo primero que debes de hacer es consultar a tu médico especialista al respecto de tu interés en realizar ejercicio físico, y seguir sus recomendaciones. Teniendo su probable aprobación, dirígete a un centro especializado donde te asesorarán sobre qué, cómo, cuándo y cuánto ejercicio físico deberías de realizar. Recuerda que el profesional especializado te guiará en una práctica segura y beneficiosa para ti.
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